HISTORIA RECIENTE

 

En 1916 los arhuacos solicitaron al gobierno enviar maestros para enseñar lectura, escritura y matemáticas, pero en vez de esto enviaron a misioneros Capuchinos del centro del País, que cuatro años después ya atropellaban la cultura indígena, e intentaron prohibirla a los niños, estableciendo un régimen de terror en un internado que denominaban “orfanato”. También establecieron trabajos obligatorios, razón por la cual los indígenas pidieron inútilmente que los retiraran de la región.

 

En 1943 los políticos de Valledupar, los misioneros y el Ministerio de Agricultura expropiaron sin indemnización la mejor tierra de Nabusimake para hacer una granja agrícola del estado. Los indígenas lucharon contra esto y formaron en 1944 la Liga de Indios de la Sierra Nevada, que fue declarada ilegal en 1956 por el gobierno militar.

 

En 1962 el gobierno impuso la construcción de una torre de televisión en el cerro Alguacil, sitio sagrado. Allí se estableció una base del ejército para imponerles a los indígenas la obra. También se construyó una carretera en territorio indígena que abrió el camino a la colonización masiva y hasta hoy es un perjuicio al territorio indígena. Contra todo esto se reorganizó la Liga, que fue “prohibida” por los misioneros y el inspector de policía.

 

En 1972 fue conformado el cabildo Gobernador, que resultó una forma de organización adecuada para resistir y defender los valores y tierras indígenas. Los indígenas reorganizados lucharon por la salida de los Capuchinos, lo que lograron en 1983, después de ocupar pacíficamente las instalaciones de la misión el 7 de agosto de 1982.

 

Tomado del texto de Orozco, José Antonio. (1990). Nabusímake, tierra de Arhuacos. ESAP, Bogotá. ISBN 958-9079-83-0

 

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colonización española

RELACIÓN HISTÓRICA DE ANIQUILACIÓN Y EXPROPIACIÓN

 

Desde un comienzo las relaciones entre los españoles y los aborígenes de Santa Marta estuvieron marcadas por una tradición de violencia. Porque, en últimas, sólo mediante el empleo de la fuerza bruta los europeos se apropiaron de las riquezas de los indígenas y de su fuerza de trabajo. Ello no obstante los esfuerzos de los monarcas españoles para controlar a sus súbditos en América con instrumentos legales tales como las Nuevas Leyes de 1542. Y es que tal y como aconteció en el resto de la América española, los intereses privados de los conquistadores de Santa Marta marchaban en contravía a los intereses de los reyes de España. Mientras que los primeros querían recuperar lo más rápido posible sus inversiones en la empresa colonizadora, los monarcas de la casa de Austria necesitaban con urgencia las rentas provenientes del oro y la plata americanos para financiar sus sueños de una Europa continental unificada bajo la égida de un monarca católico. Después de 1525, y a medida que se internaron más en los territorios del continente americano que luego se llamaron como la Nueva Granada, los españoles vieron que era oro lo que esas tierras escondían. Con todo, los antagonismos existentes entre los colonos americanos y la dinastía reinante no significaron la inexistencia de conflictos internos entre aquellos europeos ahora trasplantados a Santa Marta. Por el contrario, durante el siglo XVI la provincia fue testigo de un verdadero carnaval de trampas y prácticas venales en la medida en que distintos gobernadores y sus subordinados se enriquecían a costa de la Corona y de europeos inmigrantes. En últimas la carga descansaba sobre los hombros de los nativos de la provincia. Como ésta era tan pesada los indígenas recurrieron a la rebelión o a escapar hacia partes más inaccesibles del macizo serrano.

 

De otra parte, a lo largo de ese siglo la resistencia indígena no constituyó, de ninguna forma, un esfuerzo concertado para arrojar a los invasores de estos territorios. A pesar de que la colonia de Santa Marta fue siempre pequeña, débil y estuvo mal aprovisionada, los europeos tomaron ventaja de las divisiones internas de los indígenas. Tomó algunos años, sin embargo, antes de que los españoles aprovecharan de forma plena su posición estratégica superior. En particular, los españoles debieron inventar nuevas tácticas de combate militar más apropiadas para las condiciones topográficas y sociales de Santa Marta. Una vez que esto se logró, poco pudieron hacer los guerreros nativos contra un enemigo que disponía de armas de fuego, perros amaestrados y el soporte de la caballería que podía ser empleada en aquellas áreas que se prestaran a la marcha de los caballos. Los indígenas quedaron definitivamente perdidos cuando los europeos se dieron cuenta de que un medio más eficaz para "pacificar" a sus nuevos súbditos consistía en arrasar la base material de los nativos. No importaba que en el proceso de destrucción la principal fuente de comida de los europeos, el maíz y otros alimentos que a la fuerza tomaban de los indígenas, se viera disminuir. Después de todo, los europeos podían pedir avituallamientos de emergencia desde Santo Domingo en caso de necesidad extrema —algo que ocurrió en varias ocasiones durante dicho siglo.

 

En el año de 1599, don Juan Guiral Velón, gobernador y capitán general de la provincia de Santa Marta y Río de la Hacha abandonó su capital samaria a la cabeza de un ejército improvisado de colonos y soldados desocupados. Su destino eran las breñas de la Sierra Nevada noroccidental. El propósito, acabar con otra de las muchas rebeliones que los indios comarcanos habían organizado en contra de los españoles, desde que fundaran a Santa Marta por primera vez en 1525. Después de algunos meses de arduas campañas, Guiral Velón y los suyos alcanzaron la victoria, no obstante la feroz resistencia que los pueblos indígenas de ese lado del macizo opusieron a su enemigo. Años de combate desigual minaron, en últimas, la capacidad de resistencia de los aborígenes. Además, la atomización política de los pueblos indígenas serranos impidió un mando centralizado y coordinado, más eficaz para enfrentar a los europeos.

 

El gobernador victorioso surtió una condena brutal y despiadada para castigar a los indios juzgados de "traición y alevosía" y de cometer un crimen de “legi magestati”. El historiador Ernesto Restrepo Tirado encontró en el Archivo de Indias copia de esta sentencia “que mandaba ajusticiar, después de terribles torturas, a los líderes e indios principales de los pueblos de Jeriboca, Bonda, Masinga, Durama, Origua, Dibocaca, Daona, Masaca, Chengue y los demás aliados". El mismo texto reza así: "Primeramente: A Cuchacique, principal de dicho pueblo de Jeriboca y principal movedor de dicho alzamiento lo condeno a que sea arrastrado a la cola de dos potros cerreros, y hecho cuatro cuartos, y puestos por los caminos, y la cabeza puesta en una jaula en donde nadie la quite so pena de muerte para que a él sea castigo y a otros ejemplo. Después del castigo a Cuchacique, Guiral Velón ordenó que otros 67 líderes de la sedición fuesen ahorcados por sus gargantas hasta que mueran naturalmente para que a ellos sea castigo y a los demás ejemplo". No contento con esto, el gobernador mandó que dos indios encontrados culpables del asesinato del cura doctrinero de Chengue y de un español que estaba con él, fueran "asaetados" en el mismo lugar en el que cometieron su delito. El indio Torigua de Jeriboca, culpable también en el alzamiento y de practicar el "pecado nefando", fue ajusticiado a garrote y su cuerno quemado para que “no quedase de él memoria y se dé a entender a los demás indios que este castigo se ha de dar a los otros que cometiesen dicho delito”. Además, los pueblos que participaron en el alzamiento fueron quemados, después de ser saqueados por los soldados en pago por sus servicios, y los nativos fueron prohibidos bajo pena de muerte de poblar áreas retiradas a Santa Marta y de difícil acceso.

 

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arhuacos

En 1600 desapareció pues la vieja civilización indígena que los arqueólogos llaman como la cultura Tairona —y que los actuales indígenas de la sierra aún guardan buena parte de tal herencia cultural. Las ciudadelas y caminos indígenas construidas con amor y miles de piedras graníticas, después de siglos de trabajo, fueron devoradas por la vegetación glotona de la selva tropical. Los ceramistas y los orfebres dejaron de producir sus bellas piezas de arcilla, oro y tumbaga, lo mismo que las hachas ceremoniales y las cuentas multicolores de piedras semipreciosas. Todo el esplendor del pasado llegó a su fin. Sólo recuerdos materiales quedaron enterrados en las tumbas de los viejos gobernantes, muertos muchos años antes, y en las de los en otrora poderosos sacerdotes nativos. Junto con los anillos circulares de piedra y la extensa red de caminos de las "ciudades" ya perdidas bajo la selva, esperaron a que guaqueros y arqueólogos llegaran en su saqueo con los siglos. Mientras tanto, los colonos europeos y sus descendientes se olvidaron de la antigua grandeza indígena que alguna vez se enseñoreó en las montañas y valles de la Sierra Nevada, a la par que un nuevo orden social colonial comenzó a organizarse. Los indígenas descendientes de aquellos sobrevivientes del holocausto, por su parte, recuerdan todavía a sus ancestros la derrotada dada por el señor don Juan Guiral Velón, gobernador y capitán general de la provincia de Santa Marta y Río de la Hacha de las Indias Occidentales del Mar Océano.

 

A comienzos del siglo XVIII, la situación con las encomiendas de los arhuacos de la sierra es como sigue. En La Ramada la encomienda de Capicagüey tenía 8 arhuacos o koguis tributarios en 1963. En 1718, otras 5 encomiendas que según la fuente tenían 150 años de existencia, aparecen en el mismo distrito de La Ramada, con un total de 300 arhuacos o koguis tributarios —aunque ni el cura ni sus encomenderos se preocupasen de cosa alguna que no fuera el recolectar las hamacas de algodón y las mochilas que los nativos debían confeccionar a guisa de tributo.

En el distrito de Valledupar y Pueblo Nuevo (pueblo bello actualmente), la encomienda de San Nicolás de Cañaveral estaba constituida por arhuacos (ikas) en 1693, lo mismo que las encomiendas de Chaga (o Chapa) y Curacatá, cerca de San Sebastián de Rábago, con 4 arhuacos encomendados a Antonio de Yanci en 1699. Lo mismo que los indios de Marocaso, en el este del macizo, que también son mencionados en encomienda. Los indios koguis de la encomienda de Cototame, cerca del actual Pueblo Viejo (magdalena) en la vertiente norte de la Sierra, pagaban sus tributos directamente a la Corona en 1705. A pesar de que desde 1701 el tributo anual estaba fijado en 4 pesos en dinero o especie, los indígenas de algunas encomiendas pagaban todavía hasta 12 pesos al año por tributario.

 

En Mompox, el la década de 1730, don José Fernando de Mier y Guerra figura como actor de primera línea en la pacificación (aniquilación) de los chimilas. Durante esos años, Mier y Guerra se ocupó en la represión de un levantamiento de los arhuacos (ikas) de la vertiente suroriental de la Sierra Nevada, quienes aliados con los chimilas asediaban los caminos y las haciendas del alto río Ariguaní, en la jurisdicción de Valledupar y Valencia de Jesús. Producto de sus pacificaciones, recibió en merced las estancias de Curucatá, Pantano y Tenso en la zona de San Sebastián de Rábago. Además organizó allí un hatillo de ganado vacuno, bestias, herrería y molinos de trigo. Esta alianza de arhuacos y chimilas, por lo demás, figura reiteradamente en los documentos del siglo XVIII como una razón de la urgencia que adquirió la pacificación (aniquilación) de los naturales de la provincia sublevados. Y es que todo el alto río Ariguaní y el valle del río Cesar eran zonas cruciales para el abastecimiento de ganados a Cartagena, sobre todo en aquellas épocas durante las cuales los enemigos ingleses sitiaban esta plaza.

 

Entre 1740 y 1745, Mier y Guerra se ocupó de abrir dos caminos desde el río Cesar y el Paso del Adelantado a través del territorio chimila, para abastecer a Cartagena sitiada por la escuadra combinada inglesa al mando del almirante Vernon. Desde 1743, y a medida que se ocupaba de la apertura de los caminos de San Ángel, Mier y Guerra comenzó a desarrollar un ambicioso y sistemático programa de poblamiento. Por comisión del virrey Eslava, refrendada después por su sucesor el marqués del Villar José Alfonso Pizarro, el plan de Mier y Guerra fue rodear todo el territorio de los chimilas con fundaciones de vecinos libres españoles y mestizos, que sirviesen para su contención. No obstante su título de "voluntarios", estas personas eran reclutadas más o menos a la fuerza y en la mayoría de los casos sus reputaciones no eran las mejores. Una vez avecinados, sólo podían abandonar la fundación con autorización expresa de Mier y Guerra. La lista de poblaciones que erigió o consolidó Mier y Guerra, o sus comisionados, es bastante larga. En la Sierra Nevada, en particular, Mier y Guerra realizó dos fundaciones de pueblos de españoles: San Sebastián de Rábago en 1750 y San Luis Beltrán de Córdoba hacia 1752. Este último estaba situado en las márgenes del río Córdoba, en la vertiente occidental del macizo. Aunque su propósito era el de impedir los ataques que los chimilas efectuaban en las haciendas de los alrededores de Santa Marta, la construcción tuvo que ser suspendida porque los indios de la antigua encomienda de Ciénaga protestaron por la invasión de sus tierras agrícolas. Por su parte, la historia de la fundación de San Sebastián de Rábago (Nabusimake) es un poco más accidentada.

 

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arhuacos y capuchinos

Como ya se anotó, los arhuacos de San Sebastián de Rábago habían sido otorgados en encomienda por "dos vidas" a Antonio de Yanci, quien a su muerte fue sucedido por su hija Isabel. Estos encomenderos ya no gozaron de las ventajas de sus predecesores en otras partes de la provincia. Como que todo su privilegio se reducía a subir de cuando en cuando a San Sebastián, para recoger su tributo representado por cargas de "turmas, arracachas y algunas mochilas que [los indios] usan hacer". Ni un cura doctrinero estable permanecía por allí, aunque el misionero capuchino fray Silvestre de La Bata solía recorrer todo el macizo de forma esporádica, para predicar a la vez que sacar grupos de negros de ambos sexos que se refugiaban en esos parajes. Por ello, fray Silvestre fue comisionado por el virrey para que le ayudara a Mier y Guerra como doctrinero de los nativos. Valido de sus comisionados, Mier y Guerra empezó a trasladar "voluntarios" para la nueva población. Primero se llevó a 28 familias de españoles y "blancos del país", algunas acompañadas de sus correspondientes esclavos, para un total de 87 personas.

 

A mediados de 1751 llegaron desde Santafé otras 46 personas, remitidas por el virrey Pizarro. Este segundo grupo era muy peculiar: estaba compuesto por reos sacados de las cárceles de la capital del virreinato, que fueron trasladados con grillos y cadenas en compañía de sus esposas e hijos. La lista remisoria nos indica sus ocupaciones. Había entre ellos labradores, herreros, petaqueros, silleros, sombrereros, sastres, albañiles, tejedores, zapateros, barberos y hasta arrieros. A finales de ese mismo año se remitió otra remesa de presidiarios desde Santafé compuesta por 25 familias adicionales.

 

En sus comienzos, los trabajos auguraban un gran éxito. Los nuevos colonos se dedicaron a construir sus casas y al cultivo de trigo en las fértiles tierras del valle serrano de San Sebastián. Aunque los indígenas cultivaban este producto desde antes, el propósito era establecer una fuente constante de abastecimientos de harina para las ciudades de Santa Marta, Cartagena y Mompox, lo mismo que de hortalizas de climas fríos. Los recién llegados también cultivaron rocerías de maíz, plátanos, yuca y otros tubérculos en sitios aledaños, con el propósito de aprovechar la gran variedad de zonas climáticas del macizo —muy a la manera del sistema de agricultura escalonada que todavía practican los indígenas serranos o de la sierra. En 1753 todo salía a pedir de boca. Como se expresó en la visita de ese año el colono español Antonio Galeano Marín: "tal nueva fundación va siempre en aumento tanto de vecindario, casas, huertas, salud y buenos partos en las mujeres, que con el breve camino que se ha abierto para la ciudad del Valle, se han labrado rocerías de maíz, yucas y platanares a dos leguas de la fundación y que no hay conveniencia como ésta en tan corto camino tener frutos de tierra caliente y de tierra fría y que hay tierras en seis leguas de contorno, para una ciudad de dos mil vecinos y más tierras calientes, templadas, frías y más frías para la salud".

 

Hacia 1755, sin embargo, las cosas se empezaron a dañar en San Sebastián de Rábago. Algunos colonos, entre ellos varios de los expresidiarios, se asentaban a menudo en Pueblo Nuevo (pueblo bello actualmente) en Valencia y en Valledupar. Los vecinos y el cabildo de estas últimas ciudades resentían, además, la intromisión de Mier y Guerra en sus jurisdicciones, quien por vivir en Mompox pertenecía a otra provincia. Los encomenderos de los arhuacos y el marqués de Santa Coa, pariente y enemigo del juez comisionado, azuzaban asimismo al virrey para que se suspendiesen los trabajos. Al decir del marqués, las tierras de San Sebastián de Rábago;"más pueden servir a cuervos que a gentes". El golpe final sobrevino cuando las cosechas de trigo fallaron por una epidemia que atacaba las plantas en el momento en que éstas se encontraban listas para madurar. Con todo, el establecimiento de San Sebastián de Rábago continuó en el mismo valle, quizás el valle intermontañoso más extenso de todo el macizo, hasta hoy en día con el nombre de Nabusímake, quien se ha convertido en la capital de la nación arhuaca (Ika).

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